lunes, 7 de enero de 2013

elige tú el título


¿Qué? No esperabas leer esto ¿verdad? Yo tampoco escribirlo. Llevo tu camisa azul puesta y como ya no huele a ti le he echado tu colonia. Y tú deberías estar aquí ahora mismo, tumbado conmigo en esa cama que puede contar mil y una de nuestras historias, pero que ahora no deja de preguntarme que dónde estás. Es una egoísta, te quiere toda para sí y de sobra puedo entender por qué. Dice que te echa de menos, dice que ya nada es lo mismo sin ti y que vuelvas ya; que necesita olerte, sentirte y que la beses hasta que te duelan los labios. Que escuezan y tú sufras. Que suframos porque nos hayamos besado tanto que nos duela hasta la conciencia por saber que nadie podrá sentir lo que nosotros sentimos cuando se unen nuestros labios.

Ayer llegué de viaje y mi madre me dijo que tenía cara de pachucho. Le dije que creía que estaba malito y se puso muy pesada con que me tomara algo. Ya sabes como es ella, perfectamente imperfecta. Le dije que no quería, que sólo había una persona en el mundo que pudiera hacer que alegrara esa cara y que me encontrara algo mejor, y que ahora mismo estaba a quinientos muchos kilómetros de distancia. (Y a otros quinientos mil mentales, pensé yo)

Quizá sin ti el mundo se vaya a la mierda. Sí, EL mundo. Porque yo el único mundo que conozco es el nuestro. Y ahora vienes tú y me dices que no puedes más, que te has cansado de todo y que no tienes ni la mínima puta idea de qué cojones va a pasar. Que no me echas de menos. Que nada es lo mismo. Que ya no quieres estar conmigo. Vale no. Eso último no. ¿Pero y si algún día llegas a decirlo, qué se supone que tengo que hacer yo? Eres un grandísimo cabrón. Por tu culpa me enamoré y ahora ya no puedo hacer nada. Da igual a dónde vaya que tu vienes conmigo porque ya eres parte de mi, y me gustaría poder vomitarte, escupirte  y que te quedaras esparcido en el suelo como una jodida mancha. E irme, dejarte atrás y todo lo que ello conllevase. Pero no puedo. Ya no.

Me he desenamorado de todos los tíos que he conocido y todo es por tu culpa. Ni siquiera soy la persona que era antes. ¿Qué me has hecho? Ya no entiendo porque no puedo vivir sin pensar en tus abrazos. Son jodidamente adictivos y probablemente no soy el primero que se ha dado cuenta. Eso sí, voy a ser el último y tú te vas a aguantar y a vivir con ello. El primer día que te conocí te dije que era muy difícil estar conmigo, casi imposible, pero lo que tu no sabes es que al mismo tiempo pensé que si no tenías los huevos de aguantar a un niñato caprichoso de 15 años, tampoco tenías derecho a ver como era en realidad.

¿Dónde estás? ¿Dónde estamos? Respóndeme por favor, que he perdido la noción del tiempo y sólo sé qué día es cuando cuento lo que queda para vernos. Pero es que ahora ya ni eso. Ahora todo está frío y tu no dejas de repetir las mismas putas palabras. Y yo te dejo hablar, no me quito la camisa y me pongo a mirar el techo de mi habitación. Sólo tu sabes a qué me refiero cuando digo eso. Lo miro y pienso en lo bonito que ha sido todo, como hemos superado hostias gigantescas y otras no tanto pero ante todo, cómo no sabría describirte en palabras lo mucho que te quiero. No porque no las encuentre, sino porque nunca habrá palabras suficientes como para expresar lo que siento al pensar en nuestros besos en mi cama. Con o sin tu camisa azul.

Pero contigo.


Sólo contigo.





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